3:00am

Toma la elocuencia y tuércele el cuello

Era demasiado absoluto declarar al montaje “un artilugio del que se ha abusado… para vender”, como hizo Buchloh en 1981, o despreciar la apropiación como una categoría museística, como hizo Douglas Crimp en 1983. Sin embargo, ¿cuándo el montaje recodifica, por no decir redime, el entablillamiento del signo-mercancía, y cuándo lo exacerba? ¿Cuándo la apropiación duplica el signo mítico críticamente, y cuándo lo replica, e incluso lo refuerza, cínicamente? ¿Es alguna vez puramente lo uno o lo otro?
Ya en 1970 Barthes había revisado su proyecto de robos de mitos y crítica  ideológica. Por una parte, podía dar demasiado por supuesto: una localización de la verdad fuera de mito, un lugar de la subjetividad más allá de la ideología. Por otro lado, podía llevar a una forma de sofisticación en la cual el concepto constituye a la crítica. Uno debe hacer más, sostenia Barthes, sacudir el signo, desafias lo simbólico. En algunas prácticas de los ochentas este mando llevó a obras innovadoras en relación con el establecimiento del significado y el valor, la identidad y el privilegio, en las representaciones artísticas y los discursos culturales dominantes. Sin embargo, en otras prácticas asumía una validez diferente: no tanto una recodificación del mítico signo-mercancía como una fascinación por sus significados entablillados. En esta obra a la pasión del signo-mercancía, sus vicisitudes bajo el capitalismo avanzado, se le unía una pasión por el signo-mercancía, un fetichismo del “aspecto facticio, diferencial, codificado, sistematizado del objeto”. A veces esta pasión, este fetichismo, hacía difícil distinguir, tanto a los artistas posmodernos como a los críticos postestructuralistas, entre críticos de la reitificación y fragmentación del signo y expertos en este mismo proceso.
Perfil de presidente 1, 1979, Sherrie Levine
El retorno de lo real: La vanguardia a finales de siglo, 2001, Hal Foster

Era demasiado absoluto declarar al montaje “un artilugio del que se ha abusado… para vender”, como hizo Buchloh en 1981, o despreciar la apropiación como una categoría museística, como hizo Douglas Crimp en 1983. Sin embargo, ¿cuándo el montaje recodifica, por no decir redime, el entablillamiento del signo-mercancía, y cuándo lo exacerba? ¿Cuándo la apropiación duplica el signo mítico críticamente, y cuándo lo replica, e incluso lo refuerza, cínicamente? ¿Es alguna vez puramente lo uno o lo otro?

Ya en 1970 Barthes había revisado su proyecto de robos de mitos y crítica  ideológica. Por una parte, podía dar demasiado por supuesto: una localización de la verdad fuera de mito, un lugar de la subjetividad más allá de la ideología. Por otro lado, podía llevar a una forma de sofisticación en la cual el concepto constituye a la crítica. Uno debe hacer más, sostenia Barthes, sacudir el signo, desafias lo simbólico. En algunas prácticas de los ochentas este mando llevó a obras innovadoras en relación con el establecimiento del significado y el valor, la identidad y el privilegio, en las representaciones artísticas y los discursos culturales dominantes. Sin embargo, en otras prácticas asumía una validez diferente: no tanto una recodificación del mítico signo-mercancía como una fascinación por sus significados entablillados. En esta obra a la pasión del signo-mercancía, sus vicisitudes bajo el capitalismo avanzado, se le unía una pasión por el signo-mercancía, un fetichismo del “aspecto facticio, diferencial, codificado, sistematizado del objeto”. A veces esta pasión, este fetichismo, hacía difícil distinguir, tanto a los artistas posmodernos como a los críticos postestructuralistas, entre críticos de la reitificación y fragmentación del signo y expertos en este mismo proceso.

Perfil de presidente 1, 1979, Sherrie Levine

El retorno de lo real: La vanguardia a finales de siglo, 2001, Hal Foster

  1. enlamadrugada ha publicado esto
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